viernes, 24 de diciembre de 2010

Revancha

Ahora están donde les queríamos, muchachos.
Después de años pasando por su aro, nos toca la revancha.
Lo llevábamos bastante bien hasta hace ciento cincuenta años, más o menos, pero ya se sabe, de desagradecidos está el mundo lleno.
Invertimos dinero y tiempo, sobre todo dinero, nuestro dinero, para crearles estructuras económicas que multiplicasen su calidad de vida. Su comida, su salud. Hasta entonces sólo se dedicaban a arar la tierra ellos mismos, miserablemente. Otros comerciaban con baratijas.
Pero nosotros construímos fábricas, las llenamos de los avances tecnológicos del momento, les pusimos un horario y un salario justo. Les dimos dignidad. Incluso permitimos que sus mujeres e hijos trabajaran con nosotros para que no cayeran en la indigencia.
Los barbudos de mediados del diecinueve lo enmierdaron todo. Pidieron derechos ¿Más? Al principio los más respondones eran los únicos que osaban levantar la voz, pero luego, después del ablandamiento de algunos de los nuestros otorgando venias, todos se lanzaron a la yugular. Huelgas salvajes, quemas de fábricas y destrucción de máquinas. Si en ese momento no hubiéramos dado un paso atrás, si hubiésemos utilizado la fuerza que todavía nos obedecía entonces, no se hubiera perdido tanto tiempo. Pero no. Incluso el Canciller de Hierro se maleó y les otorgó derechos sanitarios ilimitados.
Después, a principios del veinte, la convulsión nos confundió por unos años. Sobre todo en Europa, la lucha de fascistas y comunistas no fue favorable a nuestros intereses. Ninguno de ellos en esencia era de nuestra cuerda y malvivimos untando a diestra y siniestra, que el dinero, nuestro dinero siempre, gusta lo mismo a un rojo que a un pardo. Menos mal que las guerras son terreno de providad. Y qué decir de las postguerras, con todo el continente destrozado.
Pero seguimos soltando lastre. Entonces, cuando estaban con el agua al cuello, les dimos más que nunca. Y seguimos hasta los ochenta por lo menos. Jubilaciones cada vez más onerosas (para nosotros, claro), más vacaciones y premios, subidas de sueldo anuales con ajustes cuando les conviniera, limitación brutal de horas y días. Un paraíso comunista a nuestra costa.
Pero ahora sí.
Les metimos en la crisis con nuestros negocietes de dinero inexistente, les obligamos a consumir tanto que ya no saben vivir sin ello, les dimos tantas ventajas que se abotargaron.
Y ahora, dormitando despanzurrados en el sofá, viendo esos programas soporíferos o el partido de fútbol correspondiente, que esperen, que llegamos con la rebaja.
Jubilación cuando se nos ponga y con la tarifa que deseemos, si es que llega. Recorte de sueldos brutal por más horas; y el que no quiera, que se largue. Movilidades y novaciones a tutiplén, no vaya a ser que se funcionaricen.
Y ahora, abuelo, va por ti, ahora sí que no se nos mueven.
Salud