Y mientras, sus chuparruedas, las asociaciones de víctimas, los voceros de las carcateles y los ultrapanfletillos, encantados, no se sabe si por estupidez propia (no sabrán manipular el lenguaje) o, tan triste, por complicidad en encubrir la mentira.
Va y se acumula la tarea: sueltan a uno de los Troitiño (genuino representante del etno-nacionalismo vasco, joder) después de veinticuatro años y a muchos les parece poco... ¿Han pasado en casa una tarde lluviosa de otoño? Que hiciera lo que hiciera es una cosa. Que casi un cuarto de siglo en la trena sea moco de pavo, otra muy distinta. Cómo se nota que no se visita a los presos en España. Ese amargor, ese arrepentimiento cada día, cada hora, cada minuto por un segundo de obcecación se arrastra toda la condena. Y aún queda lo más difícil: salir. Porque lo de adaptarse es imposible: cuando el angelito entró, 1.986, el año de la "Mano de Dios" para los que eran niños, no se comercializaban teléfonos móviles, el ordenador más popular era el Spectrum y Felipe González no tenía canas.
Y se olvidan lo mejor: que los jueces aplican la Ley que hacen los políticos. Sí, esos sinvergüenzas que luego critican como los imbéciles quieren oír.
Salud