No tenemos que irnos a la Gran Bretaña de los últimos
años del Dieciocho, cuando los obreros pedían trabajo mientras se esclavizaba a los
niños y las mujeres, por manejables. Ni al Chicago de 1886, luchando por
trabajar sólo ocho horas. Ni siquiera a las luchas de los sesenta y
setenta, apenas hace cuarenta años, para regular límites a la explotación sin
medida.
Podemos mirar a Bangla Desh, donde a costa de nuestros
pantalones de a 9,99, mueren cientos de
personas y se esclavizan a cientos de miles. O a los ministros de Europa, que ven
demasiados privilegios en los demás, pero no en sí mismos. O en los liberales
jactanciosos, diciendo que estas reconvenciones (¿no los llaman recortes,
verdad?) son pocas.
Cuanto más pronto se olvide, antes será necesario volver a
la barricada. Cuanto más lejos lleguen, más duro será volver adonde estuvimos.
Ellos, el emprendedor gallego por antonomasia o el Isidoro
del triángulo verde, por ejemplo, no tienen ninguna prisa porque la involución pare.
Salud