Los veteranos, aquéllos que estuvieron (no la hicieron, a su pesar) en los tiempos de la Transición, se sienten hoy autoimbuidos de una Majestad que los hace intocables; cualquiera de sus opiniones son Palabra de Dioses según ellos mismos. Los nuevos, encharcados en engrendros del corazón y las vísceras (es lo que tiene vivir en un país mileurista; te tienes que tirar a cualquier piscina sin medir profundidades o tornasoles) no tienen redaños ni conocimientos para combatir el statu quo.
Y mientras, los consejeros políticos (como en una democracia popular, vaya) del Ente, ésos que tienen un sueldo público de 120.000 euros, coche oficial, chófer, secretaria y ayudante aparte, deciden poner un remedo del Gran Hermano original detrás de cada profesional.
Y, digo yo, ¿de qué se quejan?
Sí, sí, ya entiendo de lo que se quejan, pero ¿por qué ahora, treinta y cinco años después de estar, a su manera, chupando del bote? Porque esos profesionales que estuvieron vendieron su alma al Diablo a cambio de migajas informativas y se corrompieron (unos antes, otros luego) en múltiples peleas políticas, sacando la cara a sus amos mientras éstos comían o cenaban juntos a costa del Erario.
Los controladores del Régimen vendidos para no sacar los colores a los empleados de los ciudadanos. Conchabeo histórico.
Salud