Educación. Ésa es la cuestión. ¿Por qué les va a interesar a los borregos educarse?, piensa el pastor. Con lo felices que son, por la mañana al campo, a pastar al sol y por la noche acurrucados en el establo. ¿Qué más quiere un borreguito para sentirse feliz?
Mirado así (desde el punto de vista del pastor), es normal; lo raro (y triste) es que el borrego piense (o ni siquiera piense) igual. Al pastor le va bien. Quizás sólo critico por no poseer un rebaño...
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