Así que esto era la palabreja.
No sólo dar a los amiguetes los sabrosos contratos que deja la Administración, previo fraude devaluando servicios y coste para que resulten más apetitosos, sino difamando la actuación de los empleados y la calidad del servicio para que los poco informados entiendan que caen en las mejores manos.
En las de los que sólo interesa el rendimiento dinerario, de los que se ciscan en lo que decían preservar, para llenar sus bolsillos y seguir siendo la élite, respetada, culta y de orden.
Los de afuera, los gritones antisistema que no entienden de plusvalías o no se enriquecen por ellas, están alejados para que no les afecte su frialdad. Algo les dan, una tele de plasma, un coche de apellido alemán, una casa de segunda hipotecada de por vida, un móvil que sirve para todo menos para comunicarse, para que se piensen dos y tres veces si merece la pena reclamar lo colectivo dilapidado y arriesgarse a perder las fruslerías.
Los incrédulos, que se pongan a pasear por Madrid, ese microcosmos de privatizaciones de servicios públicos, ora la Sanidad otrora la Recogida de Basura, y aguanten el hedor. El de los contenedores de los barrios pobres y el de los casoplones de los ricos.
Salud
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