lunes, 8 de noviembre de 2010

Papa

La visita del Papa ha exacerbado la opinión de los españoles. Las favorables y las contrarias. Y las ha radicalizado más si cabe en un país de eternos contrastes.
Contará L con que no me pueda resistir a expresar mi opinión sobre tan jugoso asunto.
En principio, es una figura que me produce (¿o lo pretendo?) indiferencia. No pertenezco a su "club", no me siento comprometido por sus opiniones o forma de vida y, por ello, es tan intrascendente su visita como la de la Filarmónica de Londres. L deduce acertadamente que no me gusta la música clásica.
L me planteará: "Si no eres católico, ¿qué más te da?"
Me daría lo mismo si me dejaran. Si no coartasen mi libertad y me empujaran a comportarme con respecto a sus parámetros no debería entrar en lo que piensa un grupo ajeno.
¿Qué sucede cuando, a pesar de no ser fan de la de Londres, su director nos conmina a escuchar sus conciertos, nos prohibe disfrutar de música diferente a la suya y nos obliga a que en nuestro lugar de trabajo suene permanentemente un CD con sus éxitos?
Hace 2.000 años, en realidad 1.697, que la Iglesia católica (antes de las escisiones, cristiana a secas) nos dice, en primer lugar, que debemos ser fieles a la fe verdadera (sí, ésa) y, en segundo, que, aunque no lo seamos, nuestros actos, públicos o privados, serán juzgados con respecto a la moral emanada de la misma.
Constante, sutil o groseramente no dejamos de recibir mensajes que nos comparan a "su ideal".
Omnipresencia.
Omnipotencia.
Sólo por eso estoy autorizado a opinar sobre ellos.
Hasta hace unos años (cien en los más adelantados; apenas treinta en España) las leyes civiles de los países occidentales estaban trufadas de observaciones religiosas. Aún hoy, un tufillo católico (las raíces profundas de nuestra Historia, dirán algunos) envuelve nuestros códigos.
Cualquier observador de iglesias católicas adivinará que la media de edad de los asistentes sobrepasa los sesenta años. Por supuesto que habrá cantera (los voceros de Roma no dejan, desde el papado de Juan Pablo II, de cantar la cantidad inmensa de jóvenes que se mueven con el Pontífice), pero estimo que no tan mayoritaria ni tan cualificada como algunos pretenden.
¿Qué pasaría en un negocio si en los últimos veinte años no hemos sino perdido miles, millones de clientes y un gran porcentaje de los que nos visitan no van a hacerlo más allá de otros veinte o veinticinco?
Estudio de causas y de mercado. Contraste de pareceres. Asunción de medidas.
La Iglesia católica no necesita hacerlo. Tiene la suerte de tener la razón de su parte.

Salud

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