sábado, 28 de marzo de 2015

Capitalismo popular

Mira que tiene aristas el tema del copiloto Lubitz.
Tratada antes la estulticia periodística (aunque siempre in crecendo, cosas de la evolución) y demasiado técnico el lado psicológico (nunca nada contendrá totalmente el Factor Humano, siguiendo la teoría de Graham Greene), nos quedamos con una cuestión adyacente, pero que empapa nuestra existencia feliz: los bajos costes o, por decirlo desde nuestro lado consumidor, bajos precios.
Tras sortear con fortuna las denuncias por el mantenimiento del avión, dirigiendo los dardos al desequilibrado, las grandes compañías aéreas, trufadas de líneas de baratillo, driblan el calamitoso estado psicológico del alemán hacia su vida privada.
Pero, y empiezo, si partimos del hecho de que lo caro puede ser bueno o malo, ¿qué es lo único que puede ser lo barato?
Porque si algo nos enseña el capitalismo es que su pervivencia depende del beneficio.
Y si limamos de "Gastos", porque de "Ingresos" menguantes no cabe, ¿gastos son costes técnicos, concretemos de mantenimiento técnico del aparato por ejemplo? ¿O son costes de personal, más o menos azafatas por pasajeros, mantener tres en vez de dos tripulantes de cabina? ¿Apretar en los sueldos, en las comidas, en el trato, en los medios ayuda a recortarlos?
En base, un tipo para el que volar lo era todo, que se habría gastado no menos de 80.000 euros en formación y que pasara difícilmente de mileurista, de un lado a otro del continente, ¿podría ser elegido por el pasaje para dirigirlos?
Y es que la ilusión, como en Las Vegas, lo es todo. Que podamos optar a conducir un Mercedes deportivo, alojarnos en un hotel de cinco estrellas a costa de crédito o volar por 200 euros a cualquier lugar del planeta es uno de los pilares del chiringuito. Del de verdad. Vamos, del capitalismo éste que nos venden de alpargata, mal gusto, comida refrita y aparente accesibilidad universal a la fama y a los bienes.
Que siga el espectáculo a cualquier precio.
Salud

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