Dos fenómenos, que se necesitan y retroalimentan, confluyen en el islamismo europeo.
Una porción mínima de iniciados, que realmente desean la inclusión de las reglas musulmanas en todos los aspectos de la vida de las personas.
Una masa de mano de obra de excluidos del sistema occidental, por racismo o puramente clasismo, que se agarran al Islam, muchas veces de sus mayores pero luego atemperado cuando no abandonado, como la única posibilidad de que alguien tenga en cuenta su existencia.
Los primeros dirigen el movimiento y manipulan a los segundos, que podrían en puridad dedicarse a cualquier otra actividad que contara realmente con ellos.
Ahí, en la separación de estos intereses, en realidad de los dirigentes, es donde los estadistas europeos (?) deberían incidir. Invertir medios, es decir dinero, muchos medios, más dinero, y mucho tiempo en formar a los desarrapados, no sólo los descendientes de inmigrantes pero sobre todo éstos, para realizar una integración de la que ellos se sientan parte.
Una empresa tan costosa, más en tiempo que en dinero, y rentable, más en convivencia que en otra cosa, que los políticos franceses o españoles (sólo preocupados en las siguientes elecciones) no se plantearon cuando los barrios parisinos ardían diez años atrás o la policía detenía continuamente en Ceuta, Melilla o algunas determinadas zonas de Cataluña a decenas de radicalizados.
Y mientras, extirpación de los formadores, claro.
Salud
No hay comentarios:
Publicar un comentario